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«La profecía» (Cuento)

Muchos meses después, frente a las ruinas del central abandonado, mi padre recordaría todos los años de infancia que pasó en aquel sitio sin notar lo que era. Y las tantísimas veces que había rezado por no tener que volver en absoluto. Pero cuando no queda ningún lugar hacia adelante, la vida empieza a embellecer lo que dejamos atrás. Mi padre salió de su pueblo pensando que era algo malo ser de allí. Ahora, con los años, no quedaba otro sitio que no fuera ese.

Había bajado del camión tras cinco horas de viaje para avanzar solo 80 Kilómetros; saltó desde una altísima rueda hasta suelo y recibió el golpe de la maleta que le lanzaron, solícitos, los de arriba. Papá echó en falta el olor a azúcar, el hollín que se impregnaba en las ropas, el pitido de llamada al trabajo. Caminó, como tantas veces, por la solitaria calle de tierra, al duro sol de las tres de la tarde que ningún alero iba a apaciguar, porque era ley que las casas se construyeran a seis metros del camino. Vio las construcciones de madera, negras de ceniza, más avejentadas que el mundo mismo, y a la gente callada, mirando al horizonte y murmurando anécdotas de cuando estaba el Central. Un poco inclinadas, las casas y la gente. Mucho más vacío, el pueblo. Estaba de vuelta.

Habrá quien me reclame por haberlo dejado ir. A estas alturas, muy pocos entenderán que mi padre es un gitano y su destino de siempre fue recorrer medio mundo y nunca sentirse bien del todo en ninguna parte. He perdido la cuenta de las veces que lo vi recoger una maleta, de pronto, y sin pensarlo dos veces, marcharse. Siempre decía que dos mudas de ropa y una buena novela bastaban para emprender cualquier viaje. El resto, lo proveía El Camino. Y El Camino era Dios.

A medida que fui creciendo dejé de verlo con los ojos de mi madre, para la cual era un inconsciente medio loco; y apareció ante mí radiante, porque en la adolescencia, cualquier rebelde temerario es un héroe. Luego llegó la juventud, pero lo miré orgullosa de que al menos alguien en la familia tuviera agallas de sacar las raíces de la tierra y cambiar de ambiente de vez en cuando. La mirada ¿sabia? de la adultez me llegó de golpe, junto a dos facultades: predecir cuándo Padre se preparaba para levantar vuelo; y la certeza de que, sin la mitad de la genética de Madre (animal de tierra firme), yo podría contagiarme de ese mismo deseo de volar.

El tiempo, que no cree en almas libres, lo fue amarrando de a poco. Cada día era más complicado recoger el petate y dejar la casa o la provincia. Los huesos ya no aguantaban dormir en el piso y cualquier vientecito pertinaz lo hacía toser durante semanas. Pude ver que papá estaba viejo, pero que no se acostumbraba a la idea. Demasiado orgulloso para artificios banales, dejó que la edad le cayera de golpe y porrazo, y solo salvó las ganas de hacer. Nunca quiso rendirse, él tenía que seguir haciendo lo que hasta ese momento, con la misma frecuencia y del mismo modo.

No disminuyeron los amores fugaces. La pequeña biblioteca nómada, ya establecida, era cada vez más grande. No cesaron las larguísimas caminatas, sin importar clima; ni el trabajo agotador de tantas horas en su pequeño taller, que de tantas mudadas empezaba a parecer más vacío. Era culpa de las mudanzas, no de su manía de ir dejando pedazos de sí mismo cada vez que cambiaba de lugar. Y justo cuando pensé que los años me lo habían devuelto, de una vez por todas, bien amarrado a un sitio para volar yo, a Padre le volvieron a brillar los ojos.

Era el síntoma de siempre. Pronto todo le comenzaba a molestar a medida que los silencios se hacían más largos, y solo abría la boca para contar las mil y una anécdotas de sus anteriores viajes. De ahí a que se fuera como siempre, sin avisar, faltaba solo la decisión de un minuto cualquiera. Pero ya no estaba en edad de moverse. Así que los silencios huraños se concentraban en la pieza mínima repleta de libros, constituida santuario en su inmovilidad. Y un día, sin más, se perdió.

Cuando lo encontré solo sabía hablar de marcas en los árboles, a un palmo por debajo de la superficie de las aguas que tantos carros y tanto ruido enturbiaban. De árboles hablaba, él, que llevaba años viviendo en el mismo centro de la ciudad. Pero no atendía a razones y se iba de nuevo. Varias veces lo vi perderse tras su historia, hasta que yo misma rebusqué entre los libros el más reciente en guardar su olor y allí, claramente, apareció la respuesta. Con inmensa culpa, dibujé con tiza las tres V en las paredes de la casa. Las vio, y se puso hosco, pero permaneció dentro, mudo, esperando algo que no iba a encontrar, y el conocimiento me mataba. Al final volvió a su rutina, al taller, a las anécdotas, como si nada hubiera pasado. No era yo quien iba a hablarle de eso. Pero cuando al primer aguacero las marcas de tiza se borraron, lo vi quedarse mirando de nuevo al vacío. Hasta yo podía oler algo en el aire, y escudriñaba entre sus cosas a medida que aumentaban sus silencios molestos.

Una tarde rebuscaba en sus bolsillos y tropecé con una moneda fechada en 1991. La más inocente de las monedas, un tolar esloveno. Me la arrebató de las manos. Acariciando aquella calderilla fuera de circulación, obsoleta, pensó en la búsqueda que estaba realizando y de pronto, le pareció mortalmente aburrida. En su mente solo quedaba espacio para aquella pieza de calcio, níquel y zinc, sus depresiones y prominencias, su canto estriado, la certeza de que al otro lado estaba Dios. Intentó que me sentara con él, para siempre, a mirar con detenimiento el obstáculo, para gastarlo entre nuestras manos y su mente hasta que encontrara lo que según ella estaba detrás.

Ese cuento, por suerte, ya lo conocía. Me negué y desaparecí la moneda. Él desapareció varios meses en respuesta.

Pero volvió (cómo no). Y siguió exactamente igual. Con el tiempo quiso ser tantas personas, emprender tantos viajes, que cuando dijo “quiero volver a Macondo”, yo ya sabía. No por gusto había tenido que emprender cada travesía con él. Nos montamos los dos en el ómnibus. Por el camino vi cómo se transformaba, reconocía los caminos y vericuetos y cada zona de aquella, nuestra tierra, nuestra isla, guardaba para él una anécdota. Yo me iba ensombreciendo.

Llegamos a “Macondo” tras 15 horas de viaje: las seis del tren a Camagüey, cinco en el tren de los pescadores hasta Santa Cruz y otras cuatro en el destartalado camión de los cañeros. Vi salir el sol tras la silueta del central abandonado y extrañé, como si pudiera recordarlo, el olor del azúcar, el hollín en el aire y el pitido de llamada al trabajo. Caminamos por la solitaria calle de tierra, al duro sol de las tres de la tarde. Vi las construcciones de madera, negras de ceniza, más avejentadas que el mundo mismo, y a la gente murmurando anécdotas de cuando estaba el Central. Un poco inclinadas, las casas y la gente. Mucho más vacío, el pueblo. Él lo reconocía todo. Y podría jurar que también yo.

Santa Marta, el poblado de su infancia, con diluvios ocasionales y mucha sequía. El pueblo muerto tras la partida del central y de los jóvenes, donde las casas se caían todas hacia el mismo lado, los viejos no notaban el churre y la calma chicha, condenados a la quietud. El lugar que hizo exclamar a mi padre, justo después de leer una novela, “¡Coño, esto es Macondo!”.

Regresé en el camión de la tarde. Atrás quedaba mi viejo con sus monedas mágicas, sus pasos perdidos, sus cien años de soledad. En la carretera yo, volviendo a los ojos de adolescente, de niña, y deteniéndome justo antes de los ojos de mi madre, justo en el momento en que papá era un héroe, un temerario, un dios.

Por el camino supe que la profecía se había cumplido: ahora era yo la de las ganas inmensas de alzar el vuelo. Pude ver cómo empezaba en mi vida el tiempo de las anécdotas.

10 comentarios sobre “«La profecía» (Cuento)

  1. Hola, Yadira, pero qué maravilla para la mente y el corazón y en qué delicia se transforma la lectura dejándose llevar uno por la sinuosidad de las frases y por el bullir de emociones que salen a cada paso, de párrafo en párrafo. Y encima con unos condimentos derivados de un nombre mágico: Macondo, condimentos que se cuelan en la trama de modo tal que la historia contada huele a un aroma particular, de genio conocido, del cual ya se encuentran pistas no bien comienza el relato, un excelente relato sin duda, que alude a los misterios de la vida en la relación del padre y la hija adolescente.
    Ariel

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    1. Hola! Imagino que llegó acá gracias a Yadi, que tuvo la enorme bondad de rebloguear este cuento. Gracias por su comentario, es el tipo de cosas que hacen que uno quiera seguir en este trabajo, a veces tan ingrato. Abrazo.

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      1. Hola, es que toqué el enlace y por torpe, seguramente, no me di cuenta de que había cambiado de blog. Pero… entonces, ¿de quién es la autoría de este hermoso cuento?

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  2. Bueno, es un placer conocerte, María. Mis sinceras felicitaciones por esta joya que has escrito. Tengo amigos poetas y escritores cubanos. Adoro a Cuba y a su gente y conozco algunos lugares de tu país, entre ellos, Santiago.
    Un abrazo afectuoso.
    Ariel

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